Marcel Duchamp. Artista y ajedrecista a tiempo completo

Al mismo tiempo que Magnus Carlsen y Sergey Karjakin jugaban por el título de campeón del mundo de ajedrez a finales de 2016, en Barcelona abría sus puertas al público la exposición “Fin de partida: Duchamp, el ajedrez y las vanguardias. El mundo del arte y el ajedrez se daban cita en un mismo escenario en el que el hilo de conexión y uno de los principales protagonistas del mismo era el pintor, escultor y ajedrecista francés Marcel Duchamp (1887-1968).

Nacido en una familia acomodada, vivió en su crecimiento una influencia muy marcada por parte de sus hermanos mayores, unos apasionados jugadores de ajedrez que de una u otra forma se dedicaron profesionalmente al arte (Pierre –Raymond– a la escultura y Gastón –Jacques– a la pintura). En la obra “La partida de ajedrez” (1910) retrató a ambos concentrados frente al tablero ante la indiferente mirada de sus esposas. Este lienzo fue una de las primeras obras que expuso y se vislumbra claramente la influencia de Cézanne en la misma. Desde este momento Duchamp certifica la unión de ambos mundos en su ser, haciéndolos inseparables desde ese instante. “Mientras que no todos los artistas son ajedrecistas, todos los jugadores de ajedrez son artistas” –afirmaba.

Duchamp era un personaje pintoresco que no pasaba desapercibido. En 1904, sin tan siquiera ser mayor de edad, se mudó junto con su hermano Gastón al bohemio barrio parisino de Montmarte para dedicarse a la pintura. Ambos se valieron del adelanto de la herencia que su padre les había entregado para tratar de hacer realidad sus sueños. Su obra pictórica abarcó estilos y movimientos dentro de las vanguardias pictóricas como el cubismo, el fauvismo o el dadaísmo, pero si por algo destacó fue por convertirse en un artista visual al preguntarse a sí mismo: ¿Se pueden hacer obras que no sean de arte?”. Ahí nació el ready-made, la creación de obras artísticas a través del uso de objetos normalmente cotidianos.

Uno de los máximos exponentes de este enfoque artístico fue su obra “Fuente” (1917), que presentó en la Exposición de Artistas Independientes de EEUU, la mayor realizada en aquel país con más de 2000 piezas exhibidas. Como Duchamp era uno de los miembros del jurado, registró la obra bajo el pseudónimo de R.Mutt. Los organizadores indicaron que la pieza no podía ser expuesta y se lo tomaron como una grosería. Se trataba de un urinario que el propio Duchamp había adquirido unos días antes del certamen. Ello provocó la dimisión del propio artista francés de sus funciones en dicho organismo, pero no así el fin de la historia del retrete, puesto que finalmente fue expuesto en la Galería 291 de la Quinta avenida de Nueva York.

¿Excentricidad? ¿Genialidad? ¿Burla? ¿Extravagancia? Varios epítetos podrían describirlo. Así, en 1923, dentro de uno de esos giros que sólo parecen realizar figuras como éstas, decide hacer un parón en su carrera artística y dedicarse plenamente al ajedrez. Su entrega al juego de los 64 escaques es tal que llega incluso a formar parte del equipo olímpico francés, obteniendo en el año 1930 unas meritorias tablas frente al norteamericano Frank Marshall, que había sido subcampeón del mundo en 1907. Por entonces el ajedrez le absorbe tanto que incluso en su luna de miel se escapaba del dormitorio para acudir a un club cercano a jugar partidas rápidas. ¿La reacción de su esposa al enterarse de que su marido le era infiel con el ajedrez? Le pegó con cola las piezas al tablero.

Tal vez Marcel Duchamp fue la persona que más fidedignamente identificó el ajedrez con el arte, porque sin duda bebió de ambas fuentes como ningún otro lo había hecho hasta entonces. “El juego de ajedrez es algo visual y plástico, y si no es geométrico en el sentido estático de la palabra, es mecánico, ya que se mueve, es un dibujo, es una realidad mecánica. Las piezas no son agradables en sí mismas, como tampoco lo es la forma del juego, pero lo que es hermoso es el movimiento. En el ajedrez, hay cosas muy hermosas en el dominio del movimiento, pero no en el dominio visual. Es la imaginación del movimiento lo que produce belleza. El ajedrez es mecánico en el sentido de que las piezas se mueven, interactúan, se destruyen entre sí, y están en constante movimiento. Y eso es lo que me atrae. Figuras de ajedrez colocadas en una posición pasiva no tienen demasiado atractivo visual o estético. Son los posibles movimientos que se pueden jugar en esa posición que hace que sea más o menos bella”.

Mikel Razkin Fraile

(publicado en la revista ON del 31 de agosto de 2019)

PARA SABER MÁS…

  • Qué leer: “Marcel Duchamp. Una partida entre mí y yo” de Françoise Olislaeger (2015).

 

 

 

 

 

 

  • Qué ver: “Todo lo que veo es mío” de Galperin y Podolski (2017).

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