28 de junio, domingo, 5.15 de la mañana; condiciones normales para un largo, profundo y placentero sueño sobre mi blanda y suave camita…. pues va a ser que no. Una musiquilla traída desde el mismo infierno, o desde el despertador (depende de cómo uno lo mire), empieza a sonar junto a mis oídos. Salgo de la cama de un salto, doy fin a la horrenda melodía y empiezo a filosofar un poco… ¿Qué hago aquí a estas horas? ¿A dónde voy? ¿Por qué no dejo de hacerme preguntar y me vuelvo a la cama?… Todo tiene una misma respuesta: SALOBREÑA.
Una vez terminada la fase de reflexión/empanación abro un ojo y la mitad del otro, me ducho, desayuno lo primero que encuentro por la cocina y me pongo en camino al encuentro de parte de la expedición navarra.
Mi primera sorpresa viene cuando salgo a la calle y veo que no está desierta… ¿a tanta gente le gusta salir a correr a tales horas de la mañana? Casi. Las fiestas de pueblos cercanos y alguna que otra boda hacen que a estas horas por las calles se divise a seres, por su estado no me atrevería a catalogarles como humanos, hablando en un idioma extraño que no acabo de comprender.
Hacia las 6.30 aparecen 2 coches desde lo lejos, uno con los Aramendía Ybarra en su interior y el otro con los Pedchenko y un polizón apellidado Idiazabal. Maletas y bolsos al maletero y tras un par de conversaciones que me terminan de despertar partimos hacia Andalucía, una tierra que dicen se encuentra incluso más abajo que Tudela, Logroño o Vitoria. Nos dividimos en un coche los delegados junto con Alex y Fernando Alonso… digo Serhiy, y en el otro las incansables madres Tatiana y Elena junto con Zipi Carlota y el incombustible Eduardo al volante.

El viaje la verdad es que se hace ameno, buena temperatura, camino de primeras conocido y pasatiempo entretenido el contar la cantidad de animales atropellados que nos íbamos encontrando en medio de la carretera. Según el minutero avanza el termómetro empieza a elevarse, aunque no deja de ser soportable. Paramos en Medinaceli a estirar las piernas, cargar algún que otro móvil/Tablet y tomar algo que nos llene el cuerpo de energía. Antes de emprender la marcha nuevamente nos ponemos un objetivo: la próxima parada la hacemos para comer a la 13.00.
De nuevo en camino. Todo parece salir de perlas cuando poco a poco nos adentramos en la Castilla más profunda y comienzan a desaparecen las sombras. Como dirían los de más al sur: Ozuuu quillo que caloooooo. En este caso la videoconsola de Alex es el elemento que ayuda a sobrellevar, dentro de lo posible, las infernales temperaturas que el solecito nos brindaba. Me alegró mucho saber que en lo que a videojuegos se refiere hay cosas que nunca cambian, es decir, que en las carreras de coches continua habiendo atajos atravesando zonas de tierra y hierba, al estilo Valentino Rossi, que en juegos de disparos sigue existiendo la opción de ponerse detrás de un amigo para que le maten a él… Madre mía, ya empiezo a parecer el típico abuelo cebolleta recordando sus batallitas… ¿Dónde está aquí el emoticono de una carita llorando?
Volviendo al viaje, cumplimos el objetivo y no paramos hasta la 13.00 (aunque ya puestos podíamos haber seguido un poco más y llegábamos ya al hotel), en concreto en una estación de servicio recién pasado Jaén. Bocatas, zumos, botellas de agua… cubren el capó de los coches en un improvisado picnic. Ya con los estómagos llenos y tras sacar del coche a manotazos a nuestras amigas las moscas retomamos la última parte del viaje.
En esta ocasión el tradicional juego de las palabras encadenadas logra la atención de los pasajeros. Lección adquirida de este juego: hay personas muy pícaras, por decirlo en plata, que utilizan palabras como casoplón para que a ti se te quede cara de tonto porque no se te ocurre ninguna palabra.
A las 15.30 llegamos al hotel (ya estamos aquííííí) y nos distribuimos cada uno en su respectiva habitación. Los padres/madres y los más peques muy pronto terminan de instalarse, darse crema solar, ponerse el bañador e ir directos a la piscina, mientras que los delegados recurrimos a la ancestral tradición de echar la siesta.

Tras este merecido descanso nos juntamos ya casi toda la delegación navarra en los alrededores de la piscina, donde tenemos una amena y variada tertulia, se reparten las acreditaciones a los chavales, se realiza la reunión previa al comienzo del campeonato en la que Aritz explica los temas más importantes y yo demuestro a Alex y Manex que a aguantar sin reírse o sin pestañear no hay quien me gane.
Llegamos al restaurante para cenar relativamente pronto, 20.30-21.00, pero es que el viaje nos había dejado con muchas ganas de llenar nuestros estómagos. Aquí es cuando me encontré con un muy querido amigo que hacía muchísimo tiempo que no veía: el buffet libre. ¡Qué buenos momentos vamos a pasar tú y yo compañero!
Ya después de cenar la mayoría se fueron a la cama, los niños tenían que descasar ya que al día siguiente a la mañana empezaba la competición y muchos de los no tan niños necesitaban abrazarse a la cama ya que el día había sido muy largo. Los pocos que aguantamos un poco más optamos por no complicarnos la vida: refresco/caña y a la terraza. A una hora prudente, las 23.30, nos despedimos y cada uno se marcha a su habitación.
Mañana empieza a hacerse el pastel y hay que estar con todos los sentidos alerta. ¡Mucha suerte navarros/as!
