Hace apenas tres años que empecé a tomarme en serio el ajedrez. Fue en una finca, entre risas, bromas y vaciles de mis colegas.
Con el tiempo, me enganché viendo videos de Rey-Dama y Rey Enigma. Me atrapó esa mezcla de lógica, tensión y belleza que hay en las partidas de ajedrez.
En bachillerato empecé a jugar más a menudo, jugaba en las clases con alguno de mis compañeros. De ahí, casi sin darme cuenta, terminé en el club Mikel Gurea.
Ahí cambió todo. Conocí a gente increíble; jugadores con talento, dedicación y, sobre todo, amor por el juego. Aprendí más que aperturas y finales; entendí que el ajedrez también es comunidad, respeto, humildad y compartir silencios entre jugadas.
Desde fuera era un mundo que parecía noble, puro, elegante. Pero cuando uno empieza a adentrarse, poco a poco, en el mundo del ajedrez descubre una cara mucho más compleja, tanto en el plano global como en el nacional.
El boom de la pandemia y el ajedrez como fenómeno global

El confinamiento fue inesperadamente el mejor aliado del ajedrez. Sin poder salir de casa, millones de personas redescubrieron el que es uno de los juegos más antiguos del mundo. Series como Gambito de Dama, no solo alimentaron la fantasía estética del ajedrez, sino que también provocaron un incremento real de nuevos jugadores, especialmente mujeres, que se identificaron con la protagonista de la serie; Beth Harmon.
Plataformas de streaming como Twitch se convirtieron en escenarios para torneos de creadores de contenido (PogChamps, por ejemplo), y figuras como Hikaru Nakamura, las hermanas Botez o GothamChess lograron lo que parecía impensable: hacer viral un deporte mental.
España y el ajedrez; respeto pero a la sombra
En España, el ajedrez siempre ha sido una actividad valorada, sobre todo a nivel educativo, pero tristemente es una actividad poco practicada. Mucha gente no juega o lo dejó tras aprender las reglas de pequeño. Hay un respeto cultural, pero no una participación masiva.
El ajedrez, en términos generales, se asocia al desarrollo del pensamiento lógico, la paciencia y la concentración. Pero fuera del aula o del club sigue estando en un segundo plano.
A pesar de contar con grandes talentos como Paco Vallejo, David Antón o Sabrina Vega, el ajedrez español no ha logrado una visibilidad generalizada en medios; su presencia sigue siendo de «nicho» comparado con otros deportes. La falta de apoyos sólidos, patrocinios y cobertura hace que muchos jugadores talentosos acaben abandonando o compaginando el ajedrez con otros trabajos para poder vivir dignamente.
Cuando el juego noble se mancha: las casillas más oscuras

Desde dentro, uno empieza a ver cosas que no salen en los streams o en las partidas de YouTube. Aunque el ajedrez se presenta como un deporte limpio, noble y ético, la realidad es que el dinero (como en casi todos los ámbitos) distorsiona las cosas.
He escuchado historias de partidas amañadas, de titulaciones obtenidas con trampas y de federaciones que funcionan más como pequeños feudos personales que como entidades deportivas.
El caso Carlsen–Niemann fue solo la punta del iceberg. La sospecha de trampas online, los debates sobre los controles de dopaje digital y la dificultad para fiscalizar lo que ocurre en torneos pequeños dejan claro que la integridad del ajedrez está en juego. Y la raíz, casi siempre, es la misma: el dinero.
La necesidad de ganar para justificar patrocinios, los premios económicos como único sustento o la presión por alcanzar títulos para acceder a becas o ayudas convierten al ajedrez en un terreno fértil para la corrupción, especialmente en niveles medios y bajos donde la vigilancia es mínima.
¿Y ahora qué?
A pesar de todo, sigo amando el ajedrez. Lo juego cada día, lo estudio, lo comparto. Creo que el paso hacia el streaming y la digitalización ha sido clave para que se renueve, para que nuevos públicos lo descubran y para que el ajedrez deje de ser únicamente «un juego de culto». Creo en su potencial educativo pero también creo que hay que hablar claro sobre lo que ocurre detrás de los tableros.

Si queremos que el ajedrez siga creciendo y se convierta en un deporte verdaderamente global, accesible y justo, es hora de exigir más transparencia, más profesionalización, más justicia y menos silencio cómplice.
Pero, sobre todo, debemos exigir jugadores y organizadores honestos, movidos por la pasión y el amor al juego.
Porque sí, el ajedrez es hermoso. Pero no es inmune al ego, al poder, ni al dinero. Y solo reconociendo eso podremos aspirar a que se vuelva puro de verdad.
Texto: Iker López
