Hay días en los que el cielo parece decidido a recordarnos que, mucho antes de que los seres humanos inventáramos los tableros y los llenáramos con 64 escaques, ya existía una partida infinitamente más grande, precisa y silenciosa en la que la luz y la oscuridad movían sus piezas siguiendo unas reglas que no admiten improvisaciones.
Hoy es uno de esos días.

El eclipse convertirá durante unos instantes el cielo en un tablero diferente, un escenario en el que el Sol, la Luna y la sombra ocuparán posiciones cuidadosamente calculadas y en el que cada movimiento, aunque nosotros apenas podamos percibirlo, responderá a una extraordinaria precisión.
Para cualquier aficionado al ajedrez, la imagen resultará inevitable. En ella el blanco y el negro frente a frente, dos colores que no necesitan explicarse porque forman parte de la esencia misma de nuestro juego.
Las blancas tienen el privilegio de abrir la partida, dar el primer paso e intentar imponer desde el comienzo el ritmo de la lucha. Las negras, por su parte, aceptan el desafío desde una posición de espera, buscando interpretar las intenciones de su rival para encontrar el momento adecuado en el que transformar la defensa en iniciativa.
En el cielo ocurrirá algo parecido, aunque aquí no haya relojes, árbitros ni jugadores que puedan cometer un error. Todo es matemático, exacto.

La luz del Sol, protagonista habitual de nuestros días, ha encontrado hoy en la Luna a un rival capaz de interponerse entre ella y nosotros, provocando durante un tiempo esa extraordinaria transición en la que el día pierde parte de su claridad y la oscuridad adquiere una presencia que normalmente solo asociamos con la noche.
Es difícil no pensar entonces en uno de los conceptos fundamentales del ajedrez llamado equilibrio. Una posición aparentemente tranquila puede cambiar por completo con un solo movimiento, del mismo modo que una pequeña variación en la posición de los astros puede transformar la percepción que tenemos del cielo durante unos minutos.
En el tablero, un peón aparentemente insignificante puede abrir una diagonal decisiva. Y en el firmamento, la Luna puede convertirse en la pieza que modifica por completo la escena. Y, como sucede en una buena partida, lo verdaderamente interesante no es únicamente el resultado, sino todo lo que ocurre mientras éste se alcanza.
Hoy la luz retrocede, la sombra avanza y durante unos instantes ambos extremos parecerán encontrarse en una posición imposible. El día conservará su nombre, pero la noche comenzará a reclamar protagonismo durante un breve lapso de tiempo.
Es precisamente esa convivencia entre contrarios la que hace tan especial la comparación con el ajedrez. Porque el blanco no tendría sentido sin el negro, de la misma manera que una posición de ataque necesita una defensa capaz de responder. En toda buena partida se necesitan dos jugadores dispuestos a enfrentarse sobre el mismo tablero. La oscuridad, además, no debe entenderse necesariamente como derrota, igual que jugar con negras no significa jugar a perder.
En ajedrez, las piezas negras pueden esperar, resistir, reorganizarse y aprovechar los errores del adversario. En el cielo, la sombra hace algo parecido, como si avanzara sin ruido, ocupando su espacio durante unos instantes y terminando retirándose para devolver el protagonismo a la luz.
Hoy, mientras millones de miradas siguen este espectáculo, resulta tentador imaginar que estamos asistiendo a una partida cósmica en la que pese a que todos conocemos el resultado, en realidad no existe un vencedor. Cuando el eclipse termine, el Sol seguirá ahí y la Luna continuará su recorrido. Las piezas después de esta partida volverán a colocarse sobre el tablero para comenzar otra historia. De hecho, en unos años volverán a repetir el mismo encuentro.
Quizá ésa sea la mejor lección que podemos extraer de este emparejamiento entre luz y oscuridad, ya que al igual que en el ajedrez, ninguna posición es eterna. Todo cambia, todo se mueve y, cuando creemos haber comprendido la posición, siempre queda una nueva jugada por descubrir.
Hoy el cielo ha jugado su partida. Y nosotros, como buenos ajedrecistas, sólo podemos hacer lo mismo que hacemos ante la posición que nos depara el tablero: observar, pensar y disfrutar del espectáculo moviendo pieza.
Texto: Mikel Razkin.
